por Miguel Colomer Hidalgo

 

 

14 de febrero de 1624

                          

De lo que se cuenta aquí

solo una parte es verdad.

Lo que no aconteció

y pudo haber sucedido

no he tenido más remedio

que inventarlo para ti.

       

¡Tomen refresco del  conde, 

queso y vino para todos...!

 Era grande el alborozo

en los pueblos del Condado.

El Rey Felipe IV

a estas tierras ha llegado

y toda la comitiva

que lo van acompañando.

Qué variedad de colores,

qué trajes en las señoras,

qué ropajes los señores

y qué atalajes las bestias

que arrastran los carruajes.

 

Los chiquillos correteando,

asomando las cabezas

donde ven un agujero.

Las viejas en las ventanas

o de pie en los balcones

que lucen engalanados

con tapices, colchas nuevas

o con tapetes bordados.

Por otro lado los hombres

en la plaza principal,

las zagalas y zagales

van y vienen sin cesar,

riendo, muy azorados

y es  que el Rey va a saludar

desde el balcón del Palacio,

porque Olivares le ha dicho:

-"Majestad, acabad presto.

Tres palabras nada más.

Despachadlos brevemente

que hace fresco de verdad"   

Terminada la comida

quiere el Rey descansar

y echarse una buena siesta;

pero no acaba la fiesta.

Y es tanta la algarabía

y tan grande la alegría

que a villanos y a aldeanos

no hay quien los haga callar.

 

Piensa Don Francisco, al pronto:

-"¡Vámonos a Castellar!"

Que enjaecen los caballos ,

preparad cuatro carrozas,

enviad un emisario

que anuncie nuestra llegada,

que le compongan al Rey

la mejor habitación

con sábanas de hilo fino,

edredones de plumón,

que coloquen diez braseros,

que enciendan el hogueril,

que haya orden en Palacio,

que atenciones haya mil,

ni deprisa, ni despacio

que pasando de las tres

podemos estar llegando.

 

Mediada la tarde es

y el ayuda de cámara

de Don Felipe anuncia

a quienes con él han ido,

que ya viene de camino.

 

Agua de limón muy fresca

para remediar la sed

de la digestión pesada

y de la seca garganta.

 

El Rey, el Cardenal  Zapata,

el conde-duque y el conde

se han sentado en torno

a los leños crepitantes.

Francisco de  Benavides

les relata con minucia

el origen del Condado,

las batallas y las lides 

por esos campos de España.

Les habla de su apellido,

su  primer antepasado

entroncado en la nobleza.

Se apercibe que el Monarca

ha bostezado dos veces

y antes de que sean tres

le cambia el tercio y de caza

le narra  lo que hay allí:

desde el ciervo al jabalí,

la chocha, la codorniz

o del conejo a la liebre,

la tórtola o la perdiz.

 

-"¡Gaspar, de aquí no nos vamos!"

-"Majestad, ¿y el protocolo?"

Iba a decir no sé qué

y se quedó en "que le den...".

 

Hace un rato hicieron mutis

Don Mendo de Benavides,

Don Francisco de Quevedo

y el conde de Portalegre,

van diciendo: "¡ay, que no puedo,!"

pero se han subido hasta

la Torre del Homenaje

para contemplar las vistas

que desde allí se divisan.

 

Don Mendo a un rincón se ha ido,

meditando, pensativo.

Llama a los dos y les dice,

señalando con el dedo

el lugar que ha de ocupar

la Capilla de Santiago

que allí piensa edificar.

-¿Con  capellaes, senor?

( le dice el de Portalegre  )

-Veinticuatro y el Mayor

que hará que se cumpla el culto,

el trabajo y la oración,

así como la instrucción,

pues quiero que también sepan

que detrás irá un Colegio

donde puedan estudiar

los hijos de Castellar,

de Santisteban y Navas.

Me he propuesto dejar

en mantillas a Cisneros,

pues voy a donar mis dineros,

fincas, olivas y huertos

que tengo en este lugar

y en Peal y en Villanueva,

en Ibros y en Sorihuela,

en Santisteban, la Iruela,

en Linares y en Arquillos,

Úbeda y Villacarrillo...

-Parad ya, Ilustrísima

que me están entrando ganas

de meterme a monaguillo,

aunque más bien por mi edad

debería ser sacristán,

pues a Capellán no llego.

- Ciencia no os falta, Quevedo.

Ya sé que habeis estudiado

en el Colegio del Rey

allá en Alcalá de Henares,

primeras letras, Madrid

y también en Salamanca,

incluído Valladolid,

donde yo también estuve,

- (Lo sabe todo este hombre...)

que colmasteis la paciencia

de vuestros cien preceptores.

Sé algo de vuestra obra,

el filo de vuestra pluma

y los fustazos que dais

a todo aquel que presuma

de creerse superior

al resto de los mortales.

Me río con vuestra ironía

y pienso, al fin, como vos:

"vanidad de vanidades..."

 

Sigo contandoos mis planes:

Deseo ser enterrado

al pie del Altar Mayor.

-¡Qué cosas decís, por Dios!.

¡Se me ha erizado el cabello!.

Pobre Capellán Mayor,

diciendo la Santa Misa

y pensando que a sus pies

estais vos en camisa

y que una mano liviana

le estira de la sotana...

Ríe Don Mendo con sorna

y le recuerda al poeta

que desde el más allá

ningún humano retorna.

Se ofrece, al fin, Quevedo

para administrar su hacienda

hasta que llegue el momento

de tan singular evento.

Y Don Mendo lo intimida

con mirada inquisidora

y la gravedad se agrava

por el tono de la voz

solemne, firme, tajante.

En monocorde sonido

emite la letanía

de la imposición perpetua

que a sus bienes manifiesta:

 

Nadie podrá enajenar,

vender, trocar o cambiar.

Y serán inalienables

y también imprescriptibles,

ni se podrá impetrar

licencia a Su Santidad

ni de Juez o Superior

y el que intente contravenir

en algo esta condición

nula será dicha venta

o contrato que se hiciere

e incurrirá en la pena

de perjuro y de Derecho

más la del Sumo Pontífice

al que enajene los bienes

de esta Santa Madre Iglesia                                 

 

 

 

Ésta fue la voluntad

de un hombre que quiso dar

su hacienda por la cultura

de su amado Castellar

y las villas dichas ya.

 

 

 

Un haz de luz se vislumbra

tras este largo camino.

Ni siquiera el que lo alumbra

conoce bien su destino.

 

 

 

 

 

 

Miguel Colomer Hidalgo

junio de 2001

 

 

Libros consultados:

FELIPE IV EN LAS ANDALUCÍAS (Joaquín Mercado Egea)

CASTELLAR DEL CONDADO DE SANTISTEBAN (Juan de Dios González Carral)

FUNDACIÓN,CONSTITUCIÓN Y PATRONAZGO... (D.Mendo de Benavides)

DIVERSOS ANUARIOS Y REVISTAS

 


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Página actualizada el  18 del 6 de 2001

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