El cine en Castellar


por

Antonio Anaya Marín

 

La casa que fue el Cine Colomer, tomada desde el Pasaje. Despues del revoco de fachada del verano de 1999, en que perdio las taquillas, conserva el rectángulo destinado a colocar la cartelera y la puerta del cine a la izquierda. (foto de octubre, 1999)

 

 

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En el centro el Cine Colomer  entre la Colegiata y el Mercado: Aún conservaba las dos taquillas hoy desaparecidas (foto del otoño de 1998)

En el centro el Cine Colomer, entre la Colegiata y el Mercado: Aún se podian ver las dos taquillas, hoy desaparecidas (foto del otoño de 1998)

 

 

   El domingo, en el fondo, siempre había sido un día algo triste por una razón tan sencilla como la de ser la víspera del comienzo de la semana laboral. Sin embargo, hace unos años, quizás ya más de la cuenta, al no existir el descanso del sábado o sólo existir el sábado por la tarde como mucho, se hacia un día más deseadamente feliz.

     Por esos tantos recuerdos de Cine, el domingo por la noche, de mi Cine, del de tantos como yo: el «Cine Colomer».

    Su privilegiada situación dentro del pueblo, le hizo ser el líder porque, eso sí, nuestro pueblo siempre fue muy cineasta, y hubo épocas en que convivieron hasta tres salas o mejor recintos porque alguno era exclusivamente de verano: mas este que yo evocó aquí, ha ganado la palma, al menos en mi época, en la edad de los Beatles, el transistor, y los planes de desarrollo...

  ¿Había algo más misterioso y encantador que el Cine? Chiquillos, jóvenes, novios, matrimonios, familias enteras, acudíamos domingo tras domingo a la cita obligada.Según fuese la calificación moral de la película.

     En aquella época de dictadura (que si en algo era férrea, lo era especialmente con la cultura), uno de nuestros principales divertimentos era sortear las prohibiciones de asistencia de los menores, incluida la resistencia de nuestros padres y así pudimos ver algún beso que otro en los labios  escamoteado de no se sabe donde, que nos hacia pellizcarnos de emoción para saber si soñábamos o estábamos de verdad en el cine.

 

 

 

 

 

 

 

La sala adquirió diversos aspectos a lo largo de esos años. En los últimos tiempos estaba revestida de una tela azul añil inolvidable. Era bastante alargada y la presidía un escenario preparado para representaciones teatrales (en realidad era un Cine-Teatro por sus condiciones).

   A la entrada, el vestíbulo con el ambigú, los servicios y una colección de carteles y fotografías de artistas, entre las que recuerdo a Paco Rabal, Arturo Fernández y Carmen Sevilla, compartiendo con John Wayne y Lizt Taylor su inolvidable olor, perfumado por un ambientador cotidiano, junto con el sabor de las palomitas y aquella gaseosa especial, llena de burbujas, que no siempre apetecía y que a veces se compraba más como rito obligado que como un deleite.

   La inquietud cultural de su propietario, con su imagen permanente en el local, atento al devenir del espectáculo, o colaborando en las labores del mismo, así como la del taquillero, entrañable y popular como pocos, o la del reportero y acomodador, (según conviniera), o el maquinista, forman parte ya de la historia reciente del pueblo a los que quizás no demos demasiado valor en este ir y venir trepidante en que nos hemos metido, pero que contribuyeron, al igual que tantos otros, al desarrollo cultural y social del pueblo.

    Hubo días glorioso en el cine que como es lógico coincidían con los estrenos de las grandes producciones de Hollywood. No hay más que recordar, como ejemplo los Diez Mandamientos o El Cid.  Las colas ante las taquillas eran tremendas... y la expectación en el pueblo superaba todo lo previsible.

 

 

 

 

 

 

 

Eran los años en que España comenzó a despegar económicamente y los plásticos, el gas butano y las ventas a plazos nos invadían prestándonos un mundo desconocido, que aparentemente nos sacaba de la pobreza...

    Pero, por desgracia, la pobreza no la quitaba el cine, aunque quizás la hiciera más llevadera, sobre todo para aquellos chavales que, de alguna manera, se «colaban» en la Sala, o «cobraban en especies» los trabajillos que hacían para la empresa.

    En estos años también, y con una innegable preocupación por todo lo que significa arte, en la época quizás más fértil económicamente hablando, durante la recolección de aceitunas se llevaban Compañías de Teatro, entre las que destacaban las de Julio Arroyo y Manuel de Benito.

    Pero aún se celebraban otros espectáculos de gran aceptación popular la Niña de la Puebla, Juanito Valderrama, Farina, Marchena, Manolo Caracol, Antonio Molina y un largo etc. hacían las más puras interpretaciones del cante jondo y de la copla.

     El cine, nuestro cine de Colomer, siempre fue foro, casi permanente, de cultura y de arte y por eso los mayores de entonces y sobre todo los niños y jóvenes de aquella época que conocimos la fantasía, la ilusión, la ternura, la amistad, el dolor y el amor entre aquellas enormes paredes enteladas debemos rendir un homenaje al Cine, al de ahora y al de siempre, al de aquí y al de allí, pero especialmente al que nos dio calor y humanidad, al que nos dio lo que seguramente nos faltaba en la calle... al que nos enseñó en suma a vivir, un poco más y mejor: el cine de mi pueblo y especialmente, en mi infancia y juventud, el que dirigió D. Miguel Colomer.

 

 

 

 

 

Las obras avanzaban a buen ritmo en el verano de 1951: El cine Colomer se inauguró el Día de Reyes de 1952.

Las obras avanzaban a buen ritmo en el verano de 1951.   El cine Colomer se inauguró el Día de Reyes de 1952.  (Fotos M. Colomer)